2.
Murasaki Shikibu (987-1014?) 紫式部
La primera novelista
Por Cristina Rascón
De esta narradora no tenemos nombre. Mejor aún: el personaje le da nombre a la autora, y no al revés. Su apodo es una combinación del personaje principal, Murasaki, con el rango del padre de la autora, Shikibu (Ministro de ceremonias), a la usanza de la época, donde las mujeres no eran llamadas por su nombre sino por la posición social de los maridos y familiares. Se teoriza que su nombre verdadero es Fujiwara Takako pero todavía no se llega a un acuerdo.
Educada en la casa paterna por los mismos tutores de su hermano mayor – por lo que aprendió chino, política, historia y todo el conocimiento prohibido a las mujeres - contrajo matrimonio alrededor de los treinta años con un amigo de su padre, más por convención que por amor, ya que las mujeres eran casadas en la adolescencia. Enviudó a los dos años, con una hija. Por ese tiempo se la invitó a formar parte de la corte al servicio de la emperatriz Shōshi, debido a su fama como autora de la novela Genji Monogatari y a su erudición. Para entonces Murasaki ya había viajado a su placer cuanto tiempo quiso por las provincias, siendo que una mujer de su clase no debía viajar más de cinco días; ya había conocido hombres y mujeres de distintas jerarquías; leído sin prohibición clásicos chinos y coreanos; y regenteado la casa de su padre con amplio número de sirvientes: se dedicaba enteramente a leer y a escribir. Fascinó al aristócrata Fujiwara no Michinaga, padre de la Emperatriz Shōshi y muy cercano al Emperador, por su intelecto, reserva, elegancia y amabilidad. La incorporó a la corte como dama y tutora de la Emperatriz, y no como concubina, la vía más común. En su diario relata cómo Michinaga la cortejó una y otra vez, con poemas, halagos y obsequios, pero no hay evidencia escrita de que la dama Murasaki haya accedido a sus intentos. Una de sus respuestas fue: “Si no ha leído mi libro, no ha ganado mi amor”.
Reconocida como la autora de la primera novela psicológica del mundo, su prosa hace mucho más que relatar historias de amor en la corte japonesa del siglo XI. A su pluma se le atribuye el nacimiento del idioma japonés escrito, ya que por primera vez estructuró la combinación del alfabeto fonético japonés con ideogramas chinos, alcanzando así mayor léxico y referencias a la poesía antigua. El alfabeto japonés era considerado lenguaje de mujeres, usado en relaciones epistolares entre amigas o parientes, mientras que los ideogramas chinos era un lenguaje masculino, prohibido a la mujer, con el que se nombraban los asuntos de política, historia, finanzas y poesía clásica.
A Murasaki se la ha comparado con Proust, Sor Juana, Shakespeare y Cervantes. En su novela, de casi mil páginas, así como en la narrativa de su diario, la tinta detiene las sensaciones, la reflexión y el instante, mientras que retoma la presencia de la memoria, la nostalgia y la relación de algún objeto observado con el mundo interior, similar a la narrativa de Proust. Se la estudia también con relación a las teorías de sexualidad y psicoanálisis de Freud, pues fue la primera narradora en explorar en sus personajes los patrones de atracción, incesto, complejos de Edipo y Electra. Aunque no los nombre así, sus observaciones, análisis y descripciones coinciden con el pensador austríaco: Genji busca a su madre en su madrastra, a su madrastra en sus amantes y, sobre todo, a su madrastra en el amor más importante de su vida: la casi niña Murasaki, cuya edad triplica, y a quien invita vivir a su casa como padre adoptivo. De Shakespeare se le iguala en manejos de trama, traición y ascenso, aunque en la novela de Shikibu no predominan asesinatos, sino retos de amor y avances políticos. Murasaki dibuja un héroe (romántico), el Genji “Resplandeciente”,
quien emprende un viaje al amor en cada uno de sus 54 capítulos y quien, sin gigantes ni molinos, se enfrenta contra espíritus, fuerzas malignas e intrigas de mujeres celosas. Cada capítulo lleva por título el nombre de una flor, aludiendo a cada mujer que corteja, y al final de cada viaje Genji vuelve a su refugio en palacio, para escribir cartas de amor a la dama en turno y a los amores del pasado. La autora introduce también un antihéroe, el primero en la literatura universal, Kaoru, descendiente de Genji, para quien todo viaje y conquista amorosa se vuelve sombra y fracaso.
Si la novela psicológica nace con Murasaki, también los ejes del canon japonés. Haruki Murakami en la Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, Yoshimoto Banana en Amrita y Asleep, por citar dos ejemplos contemporáneos, narran el tipo de visitas, intromisiones y venganzas dentro de los sueños y con secuelas en la “vida real” que ya la novela de Genji plantea. Algo muy sintoísta, muy presente en el Genji y en el teatro Nō. Así como la dama Rokujō entra en los sueños de Yūgao para robarle la vida, así en Crónica del pájaro que da cuerda al mundo Tōru Okada debe matar a su cuñado, Noboru Wataya, pero en el terreno de los sueños… para despertar y ver que en realidad le ha herido y en la “vida real” está en el hospital. Así también Kawabata y Mishima retoman el deseo sexual y la transferencia del mismo, a objetos y hombres o mujeres que les “recuerdan” a sus protagonistas el amor primigenio que despertó su deseo en la infancia.
Pero quizá lo más interesante en Murasaki es su relación con el tiempo. Su prosa es una secuencia de frases largas y elaboradas, donde el ritmo favorece el suspenso, entrelaza poemas clásicos o inicios de poemas, inflexiona con terminaciones verbales, cambiando de tiempo y de persona, con escasos signos de puntuación, como era costumbre. Es interesante cómo un monólogo interior puede congelar el tiempo de lo que sucede alrededor, cómo surge un recuerdo y la autora lucha para que ese recuerdo no se coma el tiempo “presente” narrativo, cómo la voz narradora es omnisciente y se asume como tal, como quien todo lo sabe y con placer oculta detalles clave, para que el lector adivine lo que sugiere entre líneas. En esas evocaciones y sutilezas suele saltarse cronologías, adelantar hechos, dejar de nombrarlos, y con eso hace explotar la imaginación de quien la lee. Causa “estupor y temblores”, como diría Nothomb, el episodio donde Genji y Murasaki pasan su primera noche ya no como padre e hija, con la simple sugerencia de que “él no pudo seguir tolerando esa situación y, a pesar de sus escrúpulos, una mañana, cuando por lo demás no había en sus conductas respectivas ninguna otra cosa que evidenciara el cambio, él se levantó temprano mientras que ella seguía en el lecho”. Más adelante completa: “Apartó el cobertor y vio que estaba empapada en sudor. Pese a sus intentos de consolarla, la muchacha seguía enfurecida con él y se negaba a contestarle…”. Esta voz narradora que todo lo sabe no describe una palabra de más sobre esa primera noche de Murasaki con Genji, quien, enamorado de por vida de esa niña dulce y reservada, no obtendrá jamás su cariño, pues la mujer madura en que se convertirá no le perdonará su ofensa. Otro ejemplo: el capítulo 41i lleva por título Kumogakure (“Desvanecer en las nubes”) y contiene una página en blanco. Al inicio del capítulo 42 sabemos que Genji ha muerto. No decir de más, no explicar lo innecesario. Evocar.
También en su diario y en su poesía Murasaki se relaciona con el tiempo con esa capacidad japonesa del mono no aware: la conciencia de la impermanencia, el estado de alerta ante la transformación. Cito su tanka: “Un llanto de amor / mientras la vida se va / nieve incipiente / que no desaparece / y observo con recelo”ii. ¿El tiempo se estanca cuando hay sufrimiento? ¿Deja la nieve de evaporarse? ¿Es el mero percibir o es la nieve como el deseo: obstinación? Si así lo fuera, mejor desconfiar, dice la poeta, seguir con vida, dejar de desear – otra evolución propia de su tiempo, presente en la transformación de sus personajes: el paso de la corte sintoísta, superstición y fantasmas, a la adopción del budismo, racional y reflexivo, como nos transmite en un Genji ya mayor, meditabundo y con atisbos de culpa, en medio de su cuidado jardín de flores (¿de recuerdos?), enamorado de una mujer impenetrable cuyo nombre le da nombre a la primera novelista de la historia.
1 Capítulo 41 en la versión en japonés, capítulo 42 en la versión traducida al inglés por Tyler y capítulo sin número en la versión del inglés al español por Fibla.
2 Original: 恋ひわびてありふる程の初雪は消えぬるかとぞうたがはれける. Traducción del japonés al español de Cristina Rascón Castro.
Murasaki Shikibu (987-1014?) 紫式部
La primera novelista
Por Cristina Rascón
De esta narradora no tenemos nombre. Mejor aún: el personaje le da nombre a la autora, y no al revés. Su apodo es una combinación del personaje principal, Murasaki, con el rango del padre de la autora, Shikibu (Ministro de ceremonias), a la usanza de la época, donde las mujeres no eran llamadas por su nombre sino por la posición social de los maridos y familiares. Se teoriza que su nombre verdadero es Fujiwara Takako pero todavía no se llega a un acuerdo.
Educada en la casa paterna por los mismos tutores de su hermano mayor – por lo que aprendió chino, política, historia y todo el conocimiento prohibido a las mujeres - contrajo matrimonio alrededor de los treinta años con un amigo de su padre, más por convención que por amor, ya que las mujeres eran casadas en la adolescencia. Enviudó a los dos años, con una hija. Por ese tiempo se la invitó a formar parte de la corte al servicio de la emperatriz Shōshi, debido a su fama como autora de la novela Genji Monogatari y a su erudición. Para entonces Murasaki ya había viajado a su placer cuanto tiempo quiso por las provincias, siendo que una mujer de su clase no debía viajar más de cinco días; ya había conocido hombres y mujeres de distintas jerarquías; leído sin prohibición clásicos chinos y coreanos; y regenteado la casa de su padre con amplio número de sirvientes: se dedicaba enteramente a leer y a escribir. Fascinó al aristócrata Fujiwara no Michinaga, padre de la Emperatriz Shōshi y muy cercano al Emperador, por su intelecto, reserva, elegancia y amabilidad. La incorporó a la corte como dama y tutora de la Emperatriz, y no como concubina, la vía más común. En su diario relata cómo Michinaga la cortejó una y otra vez, con poemas, halagos y obsequios, pero no hay evidencia escrita de que la dama Murasaki haya accedido a sus intentos. Una de sus respuestas fue: “Si no ha leído mi libro, no ha ganado mi amor”.
Reconocida como la autora de la primera novela psicológica del mundo, su prosa hace mucho más que relatar historias de amor en la corte japonesa del siglo XI. A su pluma se le atribuye el nacimiento del idioma japonés escrito, ya que por primera vez estructuró la combinación del alfabeto fonético japonés con ideogramas chinos, alcanzando así mayor léxico y referencias a la poesía antigua. El alfabeto japonés era considerado lenguaje de mujeres, usado en relaciones epistolares entre amigas o parientes, mientras que los ideogramas chinos era un lenguaje masculino, prohibido a la mujer, con el que se nombraban los asuntos de política, historia, finanzas y poesía clásica.
A Murasaki se la ha comparado con Proust, Sor Juana, Shakespeare y Cervantes. En su novela, de casi mil páginas, así como en la narrativa de su diario, la tinta detiene las sensaciones, la reflexión y el instante, mientras que retoma la presencia de la memoria, la nostalgia y la relación de algún objeto observado con el mundo interior, similar a la narrativa de Proust. Se la estudia también con relación a las teorías de sexualidad y psicoanálisis de Freud, pues fue la primera narradora en explorar en sus personajes los patrones de atracción, incesto, complejos de Edipo y Electra. Aunque no los nombre así, sus observaciones, análisis y descripciones coinciden con el pensador austríaco: Genji busca a su madre en su madrastra, a su madrastra en sus amantes y, sobre todo, a su madrastra en el amor más importante de su vida: la casi niña Murasaki, cuya edad triplica, y a quien invita vivir a su casa como padre adoptivo. De Shakespeare se le iguala en manejos de trama, traición y ascenso, aunque en la novela de Shikibu no predominan asesinatos, sino retos de amor y avances políticos. Murasaki dibuja un héroe (romántico), el Genji “Resplandeciente”,
quien emprende un viaje al amor en cada uno de sus 54 capítulos y quien, sin gigantes ni molinos, se enfrenta contra espíritus, fuerzas malignas e intrigas de mujeres celosas. Cada capítulo lleva por título el nombre de una flor, aludiendo a cada mujer que corteja, y al final de cada viaje Genji vuelve a su refugio en palacio, para escribir cartas de amor a la dama en turno y a los amores del pasado. La autora introduce también un antihéroe, el primero en la literatura universal, Kaoru, descendiente de Genji, para quien todo viaje y conquista amorosa se vuelve sombra y fracaso.
Si la novela psicológica nace con Murasaki, también los ejes del canon japonés. Haruki Murakami en la Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, Yoshimoto Banana en Amrita y Asleep, por citar dos ejemplos contemporáneos, narran el tipo de visitas, intromisiones y venganzas dentro de los sueños y con secuelas en la “vida real” que ya la novela de Genji plantea. Algo muy sintoísta, muy presente en el Genji y en el teatro Nō. Así como la dama Rokujō entra en los sueños de Yūgao para robarle la vida, así en Crónica del pájaro que da cuerda al mundo Tōru Okada debe matar a su cuñado, Noboru Wataya, pero en el terreno de los sueños… para despertar y ver que en realidad le ha herido y en la “vida real” está en el hospital. Así también Kawabata y Mishima retoman el deseo sexual y la transferencia del mismo, a objetos y hombres o mujeres que les “recuerdan” a sus protagonistas el amor primigenio que despertó su deseo en la infancia.
Pero quizá lo más interesante en Murasaki es su relación con el tiempo. Su prosa es una secuencia de frases largas y elaboradas, donde el ritmo favorece el suspenso, entrelaza poemas clásicos o inicios de poemas, inflexiona con terminaciones verbales, cambiando de tiempo y de persona, con escasos signos de puntuación, como era costumbre. Es interesante cómo un monólogo interior puede congelar el tiempo de lo que sucede alrededor, cómo surge un recuerdo y la autora lucha para que ese recuerdo no se coma el tiempo “presente” narrativo, cómo la voz narradora es omnisciente y se asume como tal, como quien todo lo sabe y con placer oculta detalles clave, para que el lector adivine lo que sugiere entre líneas. En esas evocaciones y sutilezas suele saltarse cronologías, adelantar hechos, dejar de nombrarlos, y con eso hace explotar la imaginación de quien la lee. Causa “estupor y temblores”, como diría Nothomb, el episodio donde Genji y Murasaki pasan su primera noche ya no como padre e hija, con la simple sugerencia de que “él no pudo seguir tolerando esa situación y, a pesar de sus escrúpulos, una mañana, cuando por lo demás no había en sus conductas respectivas ninguna otra cosa que evidenciara el cambio, él se levantó temprano mientras que ella seguía en el lecho”. Más adelante completa: “Apartó el cobertor y vio que estaba empapada en sudor. Pese a sus intentos de consolarla, la muchacha seguía enfurecida con él y se negaba a contestarle…”. Esta voz narradora que todo lo sabe no describe una palabra de más sobre esa primera noche de Murasaki con Genji, quien, enamorado de por vida de esa niña dulce y reservada, no obtendrá jamás su cariño, pues la mujer madura en que se convertirá no le perdonará su ofensa. Otro ejemplo: el capítulo 41i lleva por título Kumogakure (“Desvanecer en las nubes”) y contiene una página en blanco. Al inicio del capítulo 42 sabemos que Genji ha muerto. No decir de más, no explicar lo innecesario. Evocar.
También en su diario y en su poesía Murasaki se relaciona con el tiempo con esa capacidad japonesa del mono no aware: la conciencia de la impermanencia, el estado de alerta ante la transformación. Cito su tanka: “Un llanto de amor / mientras la vida se va / nieve incipiente / que no desaparece / y observo con recelo”ii. ¿El tiempo se estanca cuando hay sufrimiento? ¿Deja la nieve de evaporarse? ¿Es el mero percibir o es la nieve como el deseo: obstinación? Si así lo fuera, mejor desconfiar, dice la poeta, seguir con vida, dejar de desear – otra evolución propia de su tiempo, presente en la transformación de sus personajes: el paso de la corte sintoísta, superstición y fantasmas, a la adopción del budismo, racional y reflexivo, como nos transmite en un Genji ya mayor, meditabundo y con atisbos de culpa, en medio de su cuidado jardín de flores (¿de recuerdos?), enamorado de una mujer impenetrable cuyo nombre le da nombre a la primera novelista de la historia.
1 Capítulo 41 en la versión en japonés, capítulo 42 en la versión traducida al inglés por Tyler y capítulo sin número en la versión del inglés al español por Fibla.
2 Original: 恋ひわびてありふる程の初雪は消えぬるかとぞうたがはれける. Traducción del japonés al español de Cristina Rascón Castro.
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