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Foujita El Gato

3.
Tsuguharu Foujita (1886-1968)
Foujita El Gato
Por María Gainza

¡Oh, qué tierno!, suspiran las mujeres que lo ven pasear por la cubierta del Mishima-maru que une Japón con Europa. Es un japonés de ojos rasgados como hojitas de bambú. Lleva un traje color ciruela, un casco salacot de esos usados por los colonialistas británicos en tierras tropicales y un collar de esmeraldas al cuello, uno de sus tantos vestuarios que causará admiración. Ha nacido en Tokio en 1886, cerca de donde el río Sumida pega una curva brusca y la marea se vuelve impredecible. De su padre, general de la armada imperial, heredó la urgencia por
hacer algo útil de su vida; de su madre, muerta cuando él tenía cinco años, el desapego. Pero el joven quiere ser artista y lo que enciende la mecha de su ambición es Europa. Cuando después de la Restauración Meiji, las imágenes de Occidente empiezan a circular por Japón, el aspirante a pintor del mundo flotante se deslumbra con el óleo y las vanguardias. En su país se siente confinado. Corre por las calles de Tokio hundiéndose en la nieve, con un libraco de Cézanne bajo el brazo y más tarde, durante la cena, estudia las láminas mientras los fideítos caen sobre el monte Saint-Victoire. Tsuguharu Fujita tiene veintisiete años cuando se embarca en el Mishima-maru. Su meta es París. Aún no sabe que esa ciudad te puede hacer de nuevo. O quizás lo sabe y eso busca.
El barco recala en Londres. Fujita baja porque no distingue demasiado una ciudad de otra y enseguida consigue trabajo cortando trajes a medida para Sir Gordon Selfridge. Es un as con las tijeras, pero piensa: “No huí de una isla para acabar en otra”. Cuando llega a París se instala en una cueva de gatos, un sucucho frío de la Cité Falguiere. Su vecino de abajo es un artista que hace rabiar a la portera porque a falta de dinero paga con pinturas. “¡Para lo único que sirven estos cuadros es para arreglar las maderas de las camas!”, le grita la mujer mientras desarma un bastidor y escupe sobre la tela, justo debajo de un garabato donde se lee: Modigliani. Aunque afuera hay una guerra, Fujita pinta todo el día. Cuando el hambre no lo deja pintar más, baja hasta la carnicería y le pregunta al carnicero si queda algo de hígado. Dice que es para su gato pero el gato es él.
Fujita ha dejado a su primera esposa en Japón pero apenas piensa en ella. Uno va más rápido y es más ágil si viaja solo. Y se vuelve más visible si construye un personaje. Fujita se convierte en Foujita. Los parisinos compran el personaje y también las pinturas. Se las arrancan de las manos. Foujita llega todos los días al café Le Dôme en un Ballot deportivo con un bronce de Rodin adosado como mascarón de proa sobre el radiador. Se desliza del auto y saluda a la muchedumbre que se ha apiñado en la puerta del lugar. Inclina su cuerpo hacia delante en una suave reverencia y murmura: “今日は”. Nadie entiende pero nadie lo admite porque deliran de fiebre amarilla y todos quieren ver, aunque sea una ráfaga, del encantador señor Foujita. Ahí van sus anteojos redondos, los grandes aros dorados, el flequillo como un bol de arroz dado vuelta y ese bigote que parece dibujado con carbón. ¿Qué personaje histórico le hubiera gustado ser?, le grita un periodista encaramado a un árbol: “Adán, el primer europeo”, contesta en torpe francés.
La idea de colectividad, tan medular al espíritu japonés, le provoca urticaria. En lugar de pintar peces y templos como hacen sus compatriotas ni bien bajan del barco en Marsella, Foujita pinta mujeres. Mujeres amaneradas, frías y lejanas, mezclando la tinta sumi con el óleo. En los años 20, toda la Escuela de París lo aplaude. Lo que más les intriga es el blanco que usa el pintor. Un blanco nunca antes visto. Un color nuevo que es una mezcla secreta que contiene en proporciones perfectas talco, blanco plomo y calcio, el cual Foujita dice que extrae en medio de la noche rascando las paredes de su cueva.
Por esos años pinta también autorretratos en los que aparece junto a un gato taimado y sin nombre al que sus amigos terminaron bautizando FouFou. Dice que pinta gatos para descansar los ojos. Todo lo que en esos autorretratos no dice la figura de Foujita, lo revela la figura del gato: los nervios, la ansiedad, el hambre por ser reconocido. Péguenle una mirada al que está en el Museo de Bellas Artes. Ahí lo dejó el pintor cuando pasó por Buenos Aires con una muestra legendaria que atrajo más de sesenta mil visitantes y obligó al artista a esconderse en el depósito porque la cola de fanáticos que rodeaba la plaza se había descontrolado.
En 1933 Foujita vuelve a cortar amarras. Regresa a Japón y elimina la o de su apellido. “Cuando me siento sobre el tatami y mojo mi pincel en el bol, el largo tiempo que pasé viviendo afuera se aleja y aleja”, declara a un diario de Tokio. Cuando Japón invade China, Fujita desarrolla el peor kitsch de su carrera: reclutado para inmortalizar la gesta, vuelve de su misión con 150 pinturas rimbombantes. La última parada en Attu, de 1943, es un cambalache de cuerpos desmembrados que no parece hecha por el mismo artista que pintó Kiki, desnudo con toile de jouy en 1926, un retrato de sensualidad marmórea. El flâneur excéntrico que se paseaba del brazo de Isadora Duncan con una clámide atada a la espalda, ahora luce uniforme de general y botas de combate, y custodia en pose marcial la alcancía donde el público que desfila delante de sus cuadros deja dinero para la causa.
Pero su única causa, desde el día uno, había sido la gloria personal. Cuando los norteamericanos pisaron suelo japonés, se quitó el uniforme militar, quemó los papeles que lo incriminaban en el jardín de su casa y se puso a pintar tarjetas navideñas para el general MacArthur. Su camaleónica hambre de fama le fue comiendo el talento: cuanto más se alejaba de sí mismo, menos interesantes resultaban sus pinturas. Como si la primera traición produjera una serie de traiciones que te distancian más y más del lugar inicial, Fujita fue perdiendo de vista quién era. En los años 50 volvió a Francia, se compró una granja del siglo XVIII y se cambió el nombre a Leonardo (en honor a Da Vinci). Le quedaba fuerza sólo para un último disfraz. Cuando sintió que “la distinguida dama” estaba de ronda decidió convertirse al catolicismo: diseñó su vestuario para la ocasión y mandó invitaciones para la ceremonia que se llevaría a cabo en la catedral de Reims. Pero, salvo por un par de chicos escondidos en un confesionario lateral que le gritaban divertidos “¡Fou! ¡Fou!”, la iglesia estaba vacía el día de su bautismo.

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