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La caja de escribir de Sarashina

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Sarashina (siglo XI, año 1059?)
La caja de escribir de Sarashina
Por Miguel Vitagliano


Podría llevar a un equívoco decir que a sus diez años Sarashina no hacía otra cosa que soñar historias. Porque lo que hacía esa niña a comienzos del siglo XI era, en realidad, soñar que leía las historias que le contaban su hermana mayor y su madre adoptiva, la segunda esposa del padre. Contemplaba los árboles imaginando que leía los monogatari y enseguida tenía por delante un bosque de libros. Quería dejar atrás la vida provinciana de Kazusa y regresar a la ciudad capital donde vivía su madre, pero, por sobre todo, quería estar allí para encontrar todos los monogatari del mundo. Así cada mañana y cada tarde hasta que el cansancio la devolvía a lo mismo, aunque con los ojos cerrados. La familia mandó hacer una imagen del Buda Yakushi para protegerla de cualquier posible mal. Ella aprendió a rezarle al Buda que la gente sencilla decía que ayudaba también en los pedidos imposibles. A los trece años su deseo se cumplió. En los tres meses que duró el viaje a Kyo, actual Kioto, Sarashina miraba los bambúes que se le figuraban pinceles escribiéndole el porvenir. En cuanto llegó a la ciudad pidió que le consiguieran todos los monogatari que pudiesen. Una familiar de la madre que era dama de compañía en la Corte Imperial le envió una caja de escribir: contenía piezas de suzuri y sumi para preparar tinta,y una buena cantidad de libros. Se entregó a la lectura, recostada, como descubrió que más le gustaba. Al volver a poner atención a su alrededor supo que la madre adoptiva ya no permanecería en la misma casa, que las relaciones entre sus dos madres no eran del todo buenas. La mujer se marchó prometiéndole que regresaría a verla con las flores nuevas del ciruelo. Las estaciones pasaron sin noticias y Sarashina abrió su caja de escribir para componer un poema:

¿Debo seguir esperándote a ti, que creaste en mí ilusiones?
En cambio, la primavera no ha hecho esperar a este ciruelo
que la escarcha tenía amortecido.

No era el primero que escribía, ni tampoco era la primera de las sucesivas pérdidas que jalonaron su vida. Sarashina sabía que su fortuna dependía de los otros; no lo lamentaba, ni siquiera se trataba de algo que hubiese aprendido, era una certeza que había crecido con ella. Pertenecía a una familia noble, pero de tercer orden; lo que
hacía que su padre fuera asignado a la administración de tierras lejanas, como había ocurrido cuando lo enviaron a Kazusa y como pronto sucedería de nuevo ante el ofrecimiento de una provincia aún más distante. El poder nunca está solo, vive rodeado de los poderes dirimidos por otros, así que el padre de Sarashina podía, en efecto, ser gobernador, siempre y cuando lo fuera en un rincón de tierra al que nadie de mayor rango aceptara ir. Asumía el encargo o se quedaba a la intemperie, no tenía opciones. Si el mapa de su suerte estaba trazado, el de Sarashina se restringía todavía más por su condición de mujer. Podía aspirar a casarse y ser elegida como dama de compañía en una corte, o al menos ser la segunda esposa para un único marido y aspirar a desempeñarse en una corte no demasiado deslucida. Pero esas eran sólo posibilidades, apremiadas por el implacable paso del tiempo. Lo único seguro era la lectura, no a manera de consuelo sino como acto de resistencia. Los libros y las cajas con suzuri y pinceles guardaban otra vida, un secreto a voces escrito por mujeres. Entre los cincuenta monogatari que Sarashina había recibido en aquella caja de madera estaba el que sería uno de sus preferidos, La historia de Genji, escrito a principios del XI por otra mujer, una de las novelas más antiguas que se conocen aunque no la primera entre las que hoy se conservan. El libro de la almohada de Sei Shônagon es anterior, una novela en la forma de un nikki (diario íntimo) y escrita en hiragana (kana), la escritura silábica que durante la época Heian (708-1185) se desprendió de la escritura de los ideogramas chinos (kanji) y que fue practicada, casi exclusivamente, por mujeres. Todos los nikki de la cultura Heian fueron escritos en kana; es decir por mujeres. O mejor: eran escritos de otra vida, un mundo secreto.
Conocemos a Sarashina porque escribió su propio nikki. Aunque no sabemos su verdadero nombre, la llamamos por un topónimo familiar a su escrito; lo que quizá sea la prueba más contundente de que ese diario fue el único lugar donde realmente supo vivir. Sabemos que contrajo matrimonio mucho después de lo que hubiera deseado, a los 32 años, y acaso por ese motivo se conformó con ser una segunda esposa. Sabemos que tuvo hijos y que consiguió ser dama en una corte; sin embargo se abstuvo de ofrecer cualquier detalle de esa vida obligada, prefirió contar de la otra, la vida elegida, en la que leía todo lo que importaba escribir. Los libros abrían paso a una vida que ella quería aprender a descifrar en todos sus aspectos. Al morir su hermana, y ya pasado el tiempo del luto, se concentró en un monogatari que la difunta había dejado para ella, El príncipe que buscaba un cadáver, la historia de un hombre que salía en busca del cuerpo de su amante que se había ahogado, y escribió:

¿Por qué buscaba ella,
ella que ahora yace bajo el musgo,
leer acerca de un cuerpo insepulto?

También la madre adoptiva y la nodriza que estaban lejos le enviaron sus poemas. El dolor se hacía tangible porque era escrito. De su vida como dama de compañía, apenas dejó pinceladas de su desgano, salvo al detenerse en una lluviosa noche de primavera en la que conoció a un caballero, su único amor, que se fue para siempre antes del alba con la promesa de regresar, sin que ella, por la prudencia de ser una mujer casada, le diera su nombre. “Y ahí acabó todo”, escribió.
El diario de Sarashina fue encontrado en el XIV, cuando aún Europa no había creado la novela como género y la condición de las mujeres occidentales resultaba opaca ante el brillo de resistencia mostrado por las escritoras de la cultura Heian. Los críticos no han dejado de reconocer valores singulares en el escrito de Sarashina con respecto a otros nikki de la época. Uno de ellos es la poderosa significación que adquieren los sueños, que enhebran la vida obligada y la vida elegida de la autora. Otro es el obstinado registro de las costumbres populares. Y también, sin duda, el hecho de que su nikki no sea estrictamente un diario; Sarashina no lo escribe mientras suceden los hechos que narra sino mucho después, intercalando los poemas que había compuesto y guardado desde la adolescencia en su caja de madera entre los sumi y los pinceles. Esa combinación entre dos tiempos podría dar lugar a una nueva distinción, la de ser el diario de una mujer que se interroga acerca de qué es lo que pueden hacer los monogatari cuando todo a su alrededor parece clausurado. Sarashina decide escribirlo al presentir el deterioro del cuerpo, después de los 50 años, poco antes de morir; es decir, en una edad semejante a la de Alonso Quijano que se convierte en Quijote. La diferencia es que no sale a cambiar el mundo, escribe para dejar registro de que a ella no la han cambiado. Acaso por esa condición de resistencia podamos evitar llamarla Dama Sarashina, o Lady Sarashina, y elegir nombrarla Madame, en un velado homenaje a otra lectora, Emma Bovary, su lado inverso, la tan desmedidamente fiel a su tiempo que sucumbió a los adelantos de alienación que ya se pergeñaban.
Sarashina es la vida que compone en hiragana, una escritura tan sensiblemente íntima que la cultura Heian mantuvo, como sabemos, reservada a las mujeres. Tan firme y extendido fue ese principio que el poeta Ki no Tsurayuki (872-945) quiso dar cuenta del desesperado dolor ante la muerte de su hija y para hacerlo solo tuvo una posibilidad, escribir en hiragana narrando con la voz de una mujer (ver: Amalia Sato, “Para una lectura del diario de Tosa”, en Tokonoma, 2001). Aludir a esa trama retórica es resaltar la escritura de Sarashina, algo que acaso también se pueda sugerir con otro ejemplo en las antípodas, el poema-caligrama de Ryuichi Yamashiro (1920-1997) realizado en 1954. En este caso no es la escritura hiragana que utilizaba Sarashina, son ideogramas (kanji), signos que alguna vez mantuvieron cierta motivación analógica con el objeto que querían representar, por eso en la serigrafía de Yamashiro podríamos reconocer, según lo miremos, solo un kanji, (木) o tres (森), sin que la diferencia sacuda el orden porque 木 es “árbol” y 森 “bosque”. Sin embargo, cada vez que Sarashina contempla un árbol, el orden del mundo cambia y nada puede atraparla, aun cuando todo a su alrededor se empecine

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