1. Sarashina (siglo XI, año 1059?) La caja de escribir de Sarashina Por Miguel Vitagliano Podría llevar a un equívoco decir que a sus diez años Sarashina no hacía otra cosa que soñar historias. Porque lo que hacía esa niña a comienzos del siglo XI era, en realidad, soñar que leía las historias que le contaban su hermana mayor y su madre adoptiva, la segunda esposa del padre. Contemplaba los árboles imaginando que leía los monogatari y enseguida tenía por delante un bosque de libros. Quería dejar atrás la vida provinciana de Kazusa y regresar a la ciudad capital donde vivía su madre, pero, por sobre todo, quería estar allí para encontrar todos los monogatari del mundo. Así cada mañana y cada tarde hasta que el cansancio la devolvía a lo mismo, aunque con los ojos cerrados. La familia mandó hacer una imagen del Buda Yakushi para protegerla de cualquier posible mal. Ella aprendió a rezarle al Buda que la gente sencilla decía que ayudaba también en los pedidos imposibles. A los trece...
3. Tsuguharu Foujita (1886-1968) Foujita El Gato Por María Gainza ¡Oh, qué tierno!, suspiran las mujeres que lo ven pasear por la cubierta del Mishima-maru que une Japón con Europa. Es un japonés de ojos rasgados como hojitas de bambú. Lleva un traje color ciruela, un casco salacot de esos usados por los colonialistas británicos en tierras tropicales y un collar de esmeraldas al cuello, uno de sus tantos vestuarios que causará admiración. Ha nacido en Tokio en 1886, cerca de donde el río Sumida pega una curva brusca y la marea se vuelve impredecible. De su padre, general de la armada imperial, heredó la urgencia por hacer algo útil de su vida; de su madre, muerta cuando él tenía cinco años, el desapego. Pero el joven quiere ser artista y lo que enciende la mecha de su ambición es Europa. Cuando después de la Restauración Meiji, las imágenes de Occidente empiezan a circular por Japón, el aspirante a pintor del mundo flotante se deslumbra con el óleo y las vanguardias. En su país s...